El verdadero sentido de la navidad

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El verdadero sentido de la navidad

Lo que significa la encarnación para nosotros

– por Steve Clark

¿Cuál es el verdadero sentido de la navidad?
Todos los años, cuando se acerca el tiempo de navidad, escuchamos mucho sobre el verdadero sentido de la navidad. Pero no siempre es claro cuál es ese verdadero sentido.

Para algunos, el verdadero sentido de la navidad es el cálido amor en los hogares, una celebración familiar. Para otros, el verdadero sentido de la navidad es el amor por la otras personas – “Paz en la tierra, buena voluntad para los hombres”. Y por supuesto, muchos cristianos creen que el verdadero sentido de la navidad es el cumpleaños de Jesús.

Todas estas cosas, en especial la celebración del nacimiento de Jesús, tienen algo que ver con la navidad. Pero el sentido completo de la navidad es algo mucho más grande – más grande que el amor familiar, o la buena voluntad para con los hombres, aún mayor que la celebración del cumpleaños de Jesús. Cuando celebramos la navidad, estamos celebrando una de las verdades más grandes de nuestra fe: la encarnación. No solo estamos celebrando que hace unos 2,000 años nació un tal Jesús de Nazaret; estamos celebrando el hecho, aún más importante, de que Jesús de Nazaret, Dios mismo, se hizo hombre.

La palabra ‘encarnación’ resulta familiar para muchos de nosotros y sabemos que tiene algo que ver con que Jesús es tanto Dios como hombre. Pero no muchos hemos reflexionado en el sentido completo de esta doctrina ni en las consecuencias que plantea para nosotros.

Hoy en día, entre los cristianos, se puede escuchar muchas cosas extrañas sobre la encarnación. Una idea común es que el Verbo se hizo carne para enseñarnos cómo deberíamos ser carne. El sentido de la encarnación, según esta forma de pensar, es que debemos ser carne tanto como sea posible.

Yo no sé si los demás sí, pero al menos yo no siento que deba ser más carne. Ni creo que ninguno de mis conocidos realmente necesite ser más carne. Nosotros, los seres humanos, nacimos como carne. No necesitamos hacer nada para ser carne – ya sea carne en el buen sentido o en el malo.

Algunos de los primeros maestros cristianos en el mundo de habla griega hablaban de la encarnación en términos muy distintos y que yo considero que se acercan más a lo que dicen las escrituras. Ellos decían que el Verbo se hizo carne – para que podamos hacernos Dios. Esa es una afirmación espectacular que fácilmente podría malinterpretarse. Pero, en comparación con la noción moderna, creo que nos acerca más a la verdad.

Dios no se hizo carne para que nosotros aprendiéramos a ser carne. Dios se hizo carne, para que aprendiéramos a ser más como Dios. Jesús no vino al mundo al mundo para decirnos “Todos están bien tal y como están. Sigan haciendo lo mismo”. Jesús vino para cambiarnos. El vino para darnos una vida que no podríamos alcanzar con nuestra propia carne.

¿Cómo la encarnación nos hace más como Dios?
Para empezar, debemos comprender que la encarnación no es simplemente un llamado a imitar a Dios. El Verbo no se hizo carne solamente para darnos un modelo divino de comportamiento. Por supuesto, si vamos a ser como Dios debemos imitar ciertos elementos del carácter de Dios como se nos han sido revelado en Jesús – su amor, su paciencia, su fortaleza, su perseverancia y más. Pero la encarnación significa mucho más que eso para nosotros.

La verdad es que Dios se hizo hombre para hacernos divinos. El vino a darnos algo que podría hacernos como él. Dios se hizo hombre porque nosotros no teníamos lo necesario, por la debilidad de nuestra carne, para hacernos como Dios.

San Pablo explicaba lo que significa la encarnación para nosotros cuando le escribió a los Colosenses: “Porque en él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente, “y ustedes alcanzan la plenitud en él, que es la Cabeza de todo Principado y de toda Potestad” (Col. 2:9-10). En otras palabras, todo lo que Dios es, la plenitud de su deidad, está en Jesús de Nazaret. Y nosotros, ahora, por medio de Jesús, hemos venido a la plenitud de la vida de Dios. Nos hemos llenado de lo que hay en Jesús.

No es que nos convertimos en la segunda persona de la Trinidad encarnada; no es que tenemos la omnisciencia o la omnipotencia de Dios. Hay una diferencia entre Jesús y nosotros, una diferencia que conocemos bastante bien. Aun así, Jesús comparte con nosotros lo que él es. Nos comparte su vida divina.

Quizás sea más fácil entender esto de acuerdo con otra idea que nos ofrece el Nuevo Testamento: Dios se hizo hombre en Jesucristo, y como resultado de esa encarnación, Dios ha derramado su Espíritu Santo en nosotros para darnos el poder que necesitamos para poder vivir la vida de Dios. Él ha derramado su Espíritu para haya un cuerpo de personas, el cuerpo de Cristo, que realmente viva como Dios. Las demás personas deberían poder vernos y decir “Ese es un tipo de humano diferente a todos los demás seres humanos. Este es un tipo de vida que no tiene ningún otro humano”. Los demás deberían ver en nosotros la vida de Dios mismo.

El Verbo de Dios se hace carne y habita entre nosotros
El Evangelio de Juan afirma estas mismas verdades de otra manera: “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.” (Juan 1:9-13).

Ese pasaje describe la encarnación – el Verbo de Dios haciéndose carne y habitando entre nosotros. Él no fue reconocido por la mayoría de la gente, y el pasaje nos lo cuenta. Él fue rechazado incluso por muchos de su propio pueblo escogido. Pero nosotros que sí lo recibimos, recibimos una nueva vida, una vida como hijos de Dios. Hemos nacido de un modo distinto, no por medios naturales sino por el Espíritu de Dios. Hemos nacido a una vida que nos pone en un plano distinto a nuestra vida natural. Esta es una verdad extraordinaria.

¿Cuántas veces hemos escuchado esos primeros versículos del Evangelio de Juan? ¿Cuántas veces hemos escuchado que Dios se hizo hombre y nosotros nos hacemos hijos de Dios?  Es algo tan grande que casi dejamos de pensar en ello. Si, en efecto, pensamos en ello, lo vemos como algo que sucede en un mundo “espiritual”, no aquí en la tierra donde vivimos nuestra vida normal. Aquí tenemos suficientes cosas que hacer, solo intentar tener lista la cena para la familia, o intentar llegar al trabajo en la mañana, o preguntarse cuándo hacer las compras navideñas, o como reparar el carro para poder visitar a la familia el día de Navidad.

Quizás, pensamos, ser hijos de Dios en medio de todo esto solo significa que deberíamos ser un poco más atentos con nuestra esposa, o dejar de irritarnos con los niños, o tratar de relacionarnos mejor con el jefe. Es fácil terminar pensando que Jesús vino a decirnos que tenemos que comportarnos un poquito mejor que como naturalmente tendemos a comportarnos.

Pero eso no es lo que Jesús vino a hacer. El no vino solamente a decirnos que seamos mejores que como creíamos que debíamos ser. El vino para que pudiéramos ser mejores de lo que nosotros pensábamos que podíamos ser. El propósito de Dios al hacerse hombre fue darnos su propia vida, haciéndonos mejores de lo que jamás pudiéramos imaginar.

Sería fácil malinterpretar el sentido de que Jesús vino para hacernos divinos y darnos una vida diferente a los demás seres humanos. Podríamos pensar que eso significa que nos convertimos en algo más humano. Yo creo que es más preciso decir que nos hacemos plenamente humanos. Si vamos a ser realmente humanos, si queremos ser todo lo que se supone que sea un ser humano, necesitamos la vida de Dios.

Nuestra condición cuando nacemos en este mundo es, ciertamente, sub-humana. No por menosprecias a nuestros padres; simplemente refleja el hecho de que la humanidad misma está bajo el poder del pecado. La condición “natural” actual de la humanidad conlleva vivir de acuerdo con el pecado, vivir en la carne como Pablo usó la palabra carne (ver Rom. 7:13-25).

A imagen y semejanza de Dios
Sin embargo, esta no fue la condición en la que Dios nos hizo. Cuando Dios creó a Adán, no creo un hombre pecador. El no pretendía que su creación viviera del modo en que la mayoría de la gente vive hoy en día. Él nos hizo para vivir una vida como la suya; nos hizo como él. Esto es lo que quieren decir las Escrituras cuando nos dicen que los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:27). Se supone que los seres humanos sean algo mucho más grande que lo que actualmente somos muchos de nosotros.

Algunos rabinos judíos solían decir que Adán fue creado con la gloria de Dios sobre él, y que cuando cayó perdió la gloria de Dios. El Nuevo Testamento nos enseña que en Jesús, se devolvió la gloria de Dios a la humanidad. Puedes ver a Jesús de Nazaret y ver como es Dios. Como dice Pablo tantas veces en el Nuevo Testamento: “Él es imagen de Dios invisible”. (Col. 1:l5).

Jesús quiere compartir la gloria de Dios con nosotros. Él quiere glorificarnos para que podamos empezar, aquí y ahora, a parecernos más a Dios mismo, porque vivimos la vida misma de Dios. Él quiere restaurar la imagen de Dios en nosotros.

En el principio de este artículo, dije que la navidad no es simplemente una celebración del cumpleaños de Jesús. Esto puede parecer una idea extraña, pues la navidad es la fiesta de la Natividad, el nacimiento de Jesús. Lo que quiero decir, sin embargo, es que al celebrar la navidad no vemos simplemente 2000 años atrás cuando Jesús vino a este mundo, sino que esperamos también lo que va a suceder cuando Jesús regrese para completar la obra de la encarnación.

Obviamente, ninguno de nosotros ha alcanzado la plenitud de la vida divina que Jesús vino a darnos. Podemos experimentar mucho de nuestra nueva identidad de hijos de Dios en este momento, en nuestra vida terrenal. Pero hay mucho que no vamos a experimentar hasta que el Señor venga de nuevo para juzgar a vivos y muertos y establecer su reino.

Ese día, se revelará lo que realmente somos, y, como dice Juan: “Seremos semejantes a él” (l Juan 3:2). Se manifestará que realmente somos hijos de Dios, portadores de su imagen y semejanza, portadores de su gloria. Todo lo que debía ser alcanzado por la encarnación de Jesús se cumplirá. Todo lo que Dios quiere que la humanidad sea, será.

Ese día empezará la verdadera y eterna fiesta de navidad.

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Steve Clark es un expresidente de la Espada del Espíritu y fundador de los Siervos de la Palabra. Copyright © 1980 por Stephen B. Clark. Usado con permiso. Tomado de El Baluarte Viviente Edición Diciembre 2015/Enero 2016.

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